Virlux Capítulo III En la oscuridad de la habitación

¡No, no, no otra vez, por favor, por favor, por favor!

Me decía con carácter mientras había despertado con horrenda brusquedad tras oír pasos en mi habitación, me había quedado dormida después de la escuela porque tenía que recuperar sueño y físico después de lo que había hecho un sábado antes, me pasé siete horas sin dormir en una casa donde el volumen de la música no era confortante a los oídos. La casa tenía esas luces neón que completaban el fuerte mareo y dolor de cabeza. No había aperitivos, alrededor solo podía ver más que botellas de etiqueta negra, verde, dorada, azul, roja, una que otra caja repleta de cerveza en lata, vodka y ron. La fiesta de Roddy fue otra lección más de mi lapso kármico presente. El colmo de la salida fue que la fiesta no fue en su casa.

Eran pocos los lúcidos, no encontré a mi amiga por ninguna parte y lo peor de todo es que tenía cada que daba dos pasos a un chico que creía ser mi sombra; “Roddy”, a quién de casualidad le di libertad para que me hable.

En ese silencio espantoso, aterrador, ese que acelera el corazón y te hace sudar, no haces nada de ruido y tu mente te juega las peores visiones, los sentidos como la vista y el oído se turnan en un compás de alucinación, para desear que sí o que no estuviera pasando realmente. ¡Shhh!, no hacía ruido, y podía escuchar su respiración muy suave, tenue, sutil, relajada y ronca que más parecía el viento surcando, cortando el espacio de cada rincón, rosando las sábanas, las paredes y los objetos del cuarto, ahí en el rincón, en el lugar más oscuro, podía sentirlo a lo lejos, percibir su aroma a pino recién cortado, sabia de árbol, lavanda amarga, la madera bajo la alfombra había rechinado una sola vez. Había líos en mi cabeza, se contradecían, se disgustaban, se atacaban entre sí y yo solo observaba queriendo verlo con todas mis fuerzas y morir del miedo porque casi podía apostar que su mirada me tenía amarrada a mi cama porque estaba exageradamente asustada.

-¿Eres tú?, ¡Sé que estás en mi habitación! ¡Vamos!… No me hagas sentir que soy una trastornada, que me estoy imaginando cosas, que tengo algún tipo de esquizofrenia, o que quizá me golpeé muy fuerte la cabeza el día anterior a ese donde te vi frente a mi árbol. ¡Vamos! ¡No seas cobarde!, porque a pesar de haber estado con psicólogos y psiquiatras, no han logrado sacarte de mi cabeza, ¡Por favor!, ¿Qué quieres de mí?- (A mi madre no creo que le vaya agradar oírme hablar con el d$&%$io)

Estaba a punto de llorar porque sabía que estaba ahí en mi habitación, en la oscuridad de la habitación, en la sombra que deja la luz que entra por la ventana, en ese rincón de nuevo sentí su respiración, cerca del ropero. “Estoy segura que es él” me decía a mí misma.

De pronto, cuando ya me había parado alejándome de la sombra más grande que está cerca de mi cama, desde aquella esquina de pronto sale volando una bola de papel arrugada que choca contra mi cuerpo provocando que mi corazón se detenga y luego acelere como un disparo, ¡Oh dios! Odiaba ese silencio asqueroso, ese que hacía que escuche los latidos de mi corazón, cuando el aire entra en mis pulmones y mis nervios me tienen tan agitada y rígida que el cuerpo empieza a temblar por naturaleza.

Me incliné a recoger la bola de papel que había rebotado a medio metro de mí, ya estaba devastada, tan nerviosa y vaída, a punto de morir en el momento si es que veía algo escrito. Y gracias a mi sentido de la vista que cumplió ese presagio, creí estar muerta en el instante que pude entender lo que decía.

-Eres una amenaza- Escribió

Nerviosa al terminar de leer;

-¿Ah? ¿Que soy una amenaza? ¿Eres tú?- Tartamudeaba y el aire que entraba en mis pulmones con dificultad se querían ir de inmediato y así se peleaba dándome una sensación de mareo.- Pero quería ser valiente, porque esta es mi habitación y la hija de un padre Cristiano no podía tener miedo a éstas cosas.

Comencé a escuchar cómo sonaba algo que podía ser una herramienta de escritura al rozar el papel, podía sentir cómo este imprimía en ella con la voluntad de un individuo “Algo”… de nuevo: ¡”Algo”!

-Eres tú – casi sin aliento – El que acecha mi habitación un sin número de veces desde hace muchos años atrás, el que ahora está en la sobra escondido, el que siempre ¡siempre!… Estoy segura que siempre has estado ahí, y sabes que te temo y eso me hace débil, pero he leído de ti… ¡Yo sé quién eres, demonio!-

El papel se trozaba, se doblaba y se caía, luego se escuchaba de nuevo el roce del impresor sobre el papel.

Me lanzó el papel esta vez más despacio y chocó en la pared a unos veinte centímetros de mi derecha.

-Demonio no, soy como tú- El trazo que mostraba era casi inentendible, y así que cada vez que caían al piso abría los papeles y los leía y yo aún a la defensiva decía en mi mente; Sé de una mujer que ya había sido engañada por una serpiente.

-Si eres como yo entonces… ¡Muéstrate!- Le dije tan valiente, sabiendo que si era el momento que tenía que morir, nada me podía detener ni cambiar ese destino.

-¡No! Eres muy insignificante para tener derecho a verme ¿Acaso no es así como tratas a los demás?-

-¿Ah? ¿De qué hablas?, ¡Ya muéstrate, cobarde!- Tome valor de donde no tenía, es que no sé si pueda definir aunque quiera “Valentía” y aunque había mucho temor dentro de mí, también había curiosidad y esperanza de que quizá me jugaban una mala broma.

-¡No!- Escribió más grande.

-La lámpara está a menos de un metro de aquí, voy a prenderla si no te muestras de una vez-

-Has lo que quieras, tu visión no te dejará verme al igual que el físico de mi cuerpo porque este tampoco lo permitirá- Ese papel me cayó en la cara, podía imaginar su voz muy ronca.

Di un brinco hasta la lámpara que estaba a mi izquierda, prendí la luz que de inmediato iluminó toda la habitación, vi la libreta y el estuche de mis plumones de colores en el piso, estaba inmóvil, congelada de miedo al ver que no veía nada más que esos dos utensilios escolares ahí en el piso. De pronto cuando me iba acercando lentamente a recogerlos, se levantaron del piso, y mientras me quedaba sorprendida, algo sin cuerpo pero muy pesado saltó sobre mi cama.

Veía lo hundido de ella, lo cóncava por el peso de su materia, la sábana arrugada, la libreta sobre la cama y uno de los plumones en el aire.

Yo tan curiosamente estúpida me acerqué, quería ver si podía poner ese plumón en su estuche de nuevo, me acerqué más y más hasta que respiró en mi cara, lo que me hizo retroceder con los ojos cerrados hasta chocar, y la peor experiencia fue cuando los abrí porque la luz estaba nuevamente apagada. Me acerqué a la lámpara para intentar prenderla de nuevo pero esta tenía el cable roto, así que me quedé ahí contra la pared sin moverme.

-Tienes razón, no puedo verte con los ojos, pero puedo verte con los oídos, mis ojos ya han visto que estás sobre la cama, y eh sentido tu mal aliento. ¡Aléjate de mí, no vengas más a fastidiar mi paz, la pasividad de la habitación no te pertenece, por favor, aléjate de mí! ¡Por favor!- Temblaba y no podía controlarlo, la presión arterial no sé si me había subido o bajado pero con cada palabra exhalaba más aire y me mareaba al sentir que esta no me llegaba, estaba a punto de llorar.

El personaje tomó el plumón, abrió la libreta, escogió un lugar por la esquina para ir imprimiendo sobre ella cada palabra que aparecía frente a mis ojos sin poder creerlo, la luz que entraba por la ventana justo iluminaba ese lugar. De pronto paró de escribir, noté que se demoraba mucho. Separó el papel que usó del otro papel, y después como si lo pensara dejó caer ese papel tras arrugarse frente a mi cara.

-Voy a seguir aquí hasta que olvides lo de aquella noche- Decía aquel pobre papel que recogí del piso.

-Si quieres que te olvide entonces ¡Lárgate de aquí!- Grite con la última gota de sudor que se deslizó para unirse a la costura de la blusa, pero esto era como una pesadilla, yo creía que gritaba pero era como si mi voz se hundía en la habitación.

-mmmhum- Aspiró y soltó el aire fuertemente

-Si dices que soy una amenaza… ¿Qué pasará si no te olvido? ¿Qué pasará, acaso me matarás?- Lo susurraba con ese ahogo en la garganta, el que no te deja hablar. Me estaba ahogando, yo… empezaba a ver borroso.

-¡No soy la muerte, pero puedo dártela si quieres!- (Escribió muy grande)

Me fui moviendo al armario, este que estaba cerca a la puerta para salir de la habitación, me movía con mucha sutileza mientras mis piernas temblaban inconteniblemente, iba doblando las rodillas, tenía que sujetarme.

-¿Co… co… mo sé que no eres una imaginación o un sueño?-

-Me acercaré a ti-

Cuando había recogido y leído el papel, mi primera reacción fue retroceder en menos de una milésima de segundo, me golpeé la cabeza contra el armario, y cerré los ojos con muchas fuerzas. -¡Ayúdame!- Le dije a quién me escuchara, lo repetí más de dos veces, mis brazos estaban completamente rectos apretados por los costados de mi torso, mis costillas. Mientras tenía los puños cerrados apretaba tanto mis ojos que me dolían los párpados. Al instante brincó de la cama y vino corriendo hacia mí, pensé que era un castigo el tener una casa de madera, luego sentí dos golpes muy fuertes que me hicieron​ saltar; uno al costado de mi hombro derecho y otro al costado de mi oreja izquierda, escuchaba su respiración muy cerca de mí, y cada vez no solo lo escuchaba, ya comenzaba a sentirlo sobre mi frente, mis ojos y mi cara entera, respiraba tan fuerte a propósito que movía mi flequillo con dureza.

-¡No, por favor!… ¡No me hagas daño te lo suplico!-

Se quedaba ahí quieto frente a mí como si me estuviera saboreando con su olfato, luego aquella horrorosa ventosidad estaba sobre mi cuello, mis hombros y finalmente mi rostro de nuevo.

-¡No!, ¡No!,

¡No!, ¡No!,

¡No!,

¡No!,

-¡Por favor, no me toques!

¡Mamáaaaaaaaaa!

¡Por favor, no me hagas daño!

¡No me toques!… ¡No me toques!- Lo decía y me comencé a quedar dormida, estaba con el mismo llanto ahogador y tartamudeaba todo el tiempo porque necesitaba más aire que voz. Y pensaba en Dios, le hablaba dentro de mí a pesar que no creía en él, le pedía ayuda y le rogaba que no me toque aquel ser delante de mí, el corazón lo tenía en la garganta y mis oídos comenzaban a taparse.

Arrastró su mano cerca de mi oreja, la bajaba por la madera del armario haciendo el ruido que hace la piel en superficies lisas y barnizadas, ese sonido que ya es horrible aún sin saber que pertenece a las garras de algo que no puedes o no quieres ver. De pronto pude sentir su horrible piel tocar la de mi cuello y grité, grité como jamás había gritado en mi vida, como si quisiera matar el silencio, como si descubriera la oscuridad ante las ondas del sonido, como si lo viera, como si yo fuera un murciélago, chocaban con su cuerpo y formaban lo que no tenía forma ante mi perfecta visión, grité hasta acabar mi voz, muy fuerte, grité como ganándole al grito espeluznante del terror y de pronto mi papá me levantó del suelo y me sacó las sábanas de encima. Me había desmayado.

-Mi amor, ¿Qué pasa? ¿Qué pasa?-

-Papáaaaaaaa, papá…- Lloraba y lloraba

Casi no podía hablar, las palabras no emitían sonido, era mi aliento hablándole cansada y aterrada al punto de desmayar. En las siguientes horas me subió tanto la temperatura que me dio fiebre y mi papá se quedó al filo de mi cama vigilando mi sueño sentado en el mueble pequeño del cuarto mientras leía ese libro que tanto yo odiaba, y cada vez que abría los ojos solo podía con el trauma ver hacia las sombras en la oscuridad de mi habitación y sentir fuertemente el aroma de pino recién cortado y la lavanda amarga que me estaban intoxicando.

Sé que se había metido en mi sueño, pero este no era un sueño, estoy segura. 

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